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Un hombre de cine

Un hombre de cine

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    Luis Ospina en 2009, retrato de Jorge del Campo García

    Jugó su corazón al azar y se lo ganó la cinefilia. La vida de Luis Ospina gira alrededor del cine. Cuando no lo hace, lo ve, lo escribe o lo comenta. Cine continuo o, mejor, sin solución de continuidad. A los 14 años hizo su primera película con la cámara de su padre. A los 62, sigue incansable, trabajando en nuevos proyectos. Además de realizador, ha sido actor, montajista, guionista, sonidista, camarógrafo. Nunca ha dejado de trabajar y de pensar en el cine. Y no ha dejado de hacer la misma película incesante. “Toda mi obra es como un work in progress, siempre. Como si estuviera haciendo una sola película que se va conectando”.

    Aquella primera película se llamaba Vía cerrada. Allí, un muchacho mira una revista Playboy en un cuarto donde los objetos se mueven: materas, mecedoras, lámparas. De repente se para y tira la revista. Sale a la calle y se encuentra con una ciudad llena de mendigos, vendedores de lotería, fotógrafos y gente que camina rápido. El muchacho toma un tren y llega al campo donde se encuentra con imágenes apacibles y luego con un cementerio en ruinas. Entra al cementerio y avanza mirando las tumbas, observa la fecha de nacimiento y muerte escrita sobre ellas. Se detiene frente a la de alguien que tendría su misma edad. Entra y la tumba queda clausurada. Esta película no aparece en su filmografía oficial y sin embargo ahí ya están presentes los grandes temas de Luis Ospina: la ciudad, la memoria y la muerte.

     

    Eduardo Ospina con sus hijos Sebastián (a la izquierda) y Luis (a la derecha).

    En el origen de cualquier vocación termina apareciendo el padre. Eduardo Ospina, el padre de Luis, era un vendedor de equipos de purificación y aditamentos para piscinas (“si piensa en piscina, acuérdese de Ospina”), pero tenía una cámara y le gustaba filmar home movies, escenas de la vida familiar que proyectaba como preámbulo de las películas que alquilaba para presentarle a su hijos y a los vecinos. Así conoció las aventuras de Stewart Granger en Scaramouche, las acrobacias de Burt Lancaster y su compañero inseparable, el sordomudo Nick Cravat en El pirata hidalgo y los western con Buster Crable. “Gracias al cinéma de papá aprendí a querer a Gary Cooper y a reírme con Cantinflas”.

    Georgina Garcés de Ospina, madre de Luis.

    La empleada del servicio complementó su educación cinéfila. Todos los domingos lo llevaba junto con sus hermanos (fueron cinco los Ospina Garcés) a ver programas dobles en los teatros de Cali, cuyos nombres ahora le resultan míticos: el Aristi, el Cervantes, el Bolívar, el Colón. “Gracias a la servidumbre humana conocí los melodramas de Douglas Sirk como Imitación de la vida; la vida y milagros de José Mojica; las aventuras lejos de casa de Dorothy en El mago de Oz y mi primer documental: El desierto viviente de Walt Disney”.

    Su hermano Sebastián fue su cómplice. Con él empezó a definir un gusto propio por películas y actores. Sebastián prefería a Burt Lancaster; Luis a Kirk Douglas. Y muy pronto pudieron confrontar sus gustos de la mejor manera: en Duelo de titanes, de John Sturges, donde ellos actuaban juntos. En casa, Sebastián inventaba historias y las escenificaba con unas figuras de yeso que la mamá había traído de Italia. Las maquillaban y hacían personajes que se paseaban por la antigua Roma o el lejano oeste. Aunque Luis participaba más como espectador que como creador de aquellos juegos.

    Eduardo Ospina Delgado, padre de Luis.

    “Siempre he sido un observador, un voyeur, un tímido que se esconde detrás de una cámara. De ahí creo que nace mi posterior pasión por el documental, pero primero tuve que pasar por los vicios solitarios”.

    Un tímido que es osado con las palabras. Le gustan los juegos de palabras, hacer frases lapidarias que suelta a veces con una carcajada nada tímida: “Los largometrajes colombianos estaban aún más alejados de la realidad que los cortometrajes. Los largos se orientaron hacia un cine artificial, basado en la comedia televisiva. Se creó la escuela de cine del ‘Gordo’ Benjumea. Ahora, después del Gordo, creo que el cine colombiano debe ponerse a régimen”. Su gran amigo, el escritor y dramaturgo Sandro Romero Rey, lo define como una persona pudorosa con la cual hay que evitar ciertos temas: “Con él, como con las señoras de otras épocas, no se habla ni de afectos, ni de plata, ni de enfermedades. ‘El Capitán Misterio’, lo llamábamos con Mayolo en una época”.

    Luis Ospina de niño.

    En la adolescencia descubrió el placer del cine solitario. Y padeció los rigores de la censura que en aquel entonces era muy estricta: películas para mayores de 18 y 21 años. Muchas veces, camuflado en su estatura, unas gafas negras, corbata y cigarrillo, engañaba a los porteros.

    Pero la que más recuerda, por la angustia y la ansiedad que sintió, fue la vez en que logró burlar al portero del Aristi, donde presentaban Psicosis, de Hitchcock. Era 1960 y tenía 11 años de edad. Cuando no lograba engañar a los “Cancerberos de la censura”, esperaba a que las películas llegaran a los cines de barrio en los que había más “complicidad y tolerancia”.

    Luis y Sebastián Ospina.

    En esos cines de barrio conoció las producciones más arriesgadas de Hollywood y la Nueva Ola Francesa. Años más tarde, la Alianza Francesa se convertiría en un oasis para él y para los miembros del Cine Club de Cali y la revista Ojo al cine. “No puedo olvidar lo conmovidos que salimos Andrés Caicedo y yo después de ver el suicidio inocente de la Mouchette, de Robert Bresson. Nunca habíamos visto algo parecido en el cine norteamericano que acostumbrábamos a ver y que también amábamos. Nunca las imágenes habían sido tan claras y austeras, tanto que nuestro amigo Carlos Mayolo concluyó que Bresson comulgaba antes de filmar cada plano”.

    “Nunca habíamos tenido ‘La gran ilusión’ en nuestras manos. Comprobamos que ‘El silencio es oro’. Nos remontamos a ‘El año pasado en Marienbad’, tomamos ‘El ascensor para el cadalso’ y caímos en ‘Los bajos fondos’”

    Allí pudieron ver clásicos del cine francés como Napoleón, de Abel Gance; las películas del realismo poético de Jacques Prévert y Marcel Carné, las fantasías manieristas de La bella y la bestia, de Jean Cocteau y, por supuesto, la joyas de la Nueva Ola: Sin aliento, de Jean Luc Godard y Los 400 golpes, de François Truffaut. “Nunca habíamos tenido La gran ilusión en nuestras manos. Comprobamos que El silencio es oro. Nos remontamos a El año pasado en Marienbad, tomamos El ascensor para el cadalso y caímos en Los bajos fondos. Nos aprendimos Las reglas del juego de memoria y sacamos Cero en conducta”.

    Pero este oasis todavía no había tenido lugar. La realidad en la Cali de 1966 era un desértico repertorio en la cartelera. Por eso Luis decide empacar sus maletas e ir a terminar su bachillerato en Boston.

     

    Luis Ospina en Boston, 1968.

    “Ese viaje a Boston me cambió la vida”, dice. Empezó a ver las películas que no llegaban a Cali y a disfrutar al máximo una época de oro del cine. Fellini, Buñuel, Antonioni, Bergman, Godard, Kurosawa, estaban en plena etapa creativa y podía seguirlos sin retrasos y en retrospectiva: había ciclos completos de sus obras. En las salas de arte y ensayo de Cambridge, en los cineclubes de MIT, se sumergió en el underground americano y en la avant garde europea de los años veinte. “Mis condiscípulos creían que estaba loco porque salía en medio de una tormenta de nieve y cruzaba la ciudad de un extremo a otro para ver una recóndita película”.

    Durante el rodaje de "Vía cerrada", 1964.

    Si bien el colegio al que llegó estaba enfocado en preparar a sus alumnos para carreras tecnológicas, descubrió, entre las matemáticas y la física, la literatura norteamericana y anglosajona. Por cierto, un profesor de física le regaló su primer libro sobre cine, una historia del cine japonés de Donald Richie. Gran descubrimiento: también se podía leer sobre cine. Muy pronto llegaron a sus manos las ediciones en inglés de Cahiers du cinéma, editadas por Andrew Sarris. Descubría “la política de los autores cuando todo el mundo querría ser autor de la política”. Hasta ahora, no ha perdido ese interés de leer sobre cine.

    Luis Ospina, sin lugar a dudas, hubiera podido ejercer la crítica pero nunca lo hizo. ¿Por qué razón? Porque no quiso hacer la tarea ingrata de señalarle los errores a sus colegas. Y por miedo patológico de llegar a convertirse en “un crítico de mente tan estrecha que no le cabe la menor duda”. Sandro Romero, tiene una hipótesis al respecto: “Intimidado, quizás, por la figura arrasadora de su amigo Andrés Caicedo, Ospina no se atrevió a practicar la crítica de cine, ni en los boletines sabatinos del Cine Club de Cali, ni en la revista Ojo a al cine, fundada en 1974. Aun cuando hacía parte de Ojo al cine, nunca se consideró un crítico”. En compensación, hizo traducciones (de Dziga Vertov, de Griffith); entrevistas (a José María Arzuaga, Julio Luzardo, Martha Rodriguez y Jorge Silva, a la estrella Bárbara Steele); artículos; textos autobiográficos y sobre sus películas y documentales; antología de aforismos cinéfilos y crónicas. “Día y noches en Cartagena”, es una pieza antológica que evoca los Festival de cine de Cartagena a la manera de Kenneth Anger en Hollywood Babilonia: con infidencia, revelaciones y altas dosis de humor negro.

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