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Vita Brevis

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El Premio Nacional Vida y Obra del Ministerio de Cultura fue otorgado a Pablo Morillo por sus aportes a la restauración arquitectónica en Colombia.
 
 
Pablo Morillo Cajiao habla en tono casi confesional. Ninguno de sus amigos recuerda haberlo oído levantar la voz, salvo durante su fugaz y fallido paso por la política a principios de los setenta. Nació hace 83 años en La Cruz, en las montañas del norte de Nariño, estudió Medicina en la Universidad Javeriana, se especializó en cirugía de vías biliares en Estados Unidos y fue director de importantes entidades de la salud. La Clínica San Pedro Claver y el Instituto Nacional para Programas Especiales de Salud, Inpes, entre ellas.

Hasta hace cinco años Pablo Morillo Cajiao viajaba en buses interdepartamentales. Veinte horas, de Bogotá a Pasto. Lo hacía para ahorrar algunos pesos que luego invertía en lo que ha sido la obra de sus últimos 46 años: la restauración de la casona de Taminango y la construcción un gran centro cultural para salvaguardar las Artes y Tradiciones de Nariño.

Esa cruzada comenzó casi sin darse cuenta cuando era Jefe del Servicio de Salud de Nariño. Un día notó con dolor que habían demolido una casa de teja y tapia pisada, a orillas del río Pasto, para reemplazarla por construcciones de ladrillo. Su suegra, Catalina Moon, le propuso entonces salvar la casa más vieja de Pasto, una edificación de 1623, ubicada en el barrio San Felipe.

Pablo Morillo encontró la casona convertida en un inquilinato ruinoso y  maloliente. A él le pareció hermosa. Con ayuda de su suegra y de algunos amigos logró restaurarla. Lo hizo con las mismas técnicas y materiales de hace cuatro siglos. Luego, sin un peso, se propuso construir un edificio con auditorio, restaurante típico y tres salones gigantescos para albergar las artes y tradiciones de su departamento.

Su esposa, Grace Morgan, con quien se casó en 1965, dice que Pablo mira sus proyectos con los ojos de la fe y del corazón. Por eso los ve terminados cuando apenas son bocetos a lápiz en su inseparable libreta de apuntes.

“Pablo se volvió loco”, han dicho muchas veces hasta sus amigos cercanos cuando saben de sus utopías. Pero él las convierte en realidad. Es tozudo y esforzado como el que más. Trabaja hasta 14 horas diarias. Asiste a docenas de reuniones, revisa planos, elabora proyectos y visita funcionarios y entidades privadas en busca de recursos.

La mitad de su tiempo vive en un apartamento del noroccidente de Bogotá. Cada tres semanas viaja a Pasto –ahora lo hace en avión por razones médicas–, donde permanece al tanto de cada detalle, hasta el más leve, de la casa museo Taminango.

Morillo es trigueño, menudo y de pelo rebelde. Es tímido a pesar de su pasado ilustre. Viste con sencillez y almuerza en restaurantes de comida corriente. Prefiere gastar ese dinero en pasamanos y pisos de granadillo o en un tarro más de pintura para el museo. Durante la construcción del edificio, sus subalternos lo recuerdan caminando con dificultad sobre los techos en declive, a los 70 años, mientras rogaban a Dios para que no se fuera a caer.

Desde 1965, cuando conoció la casona de Taminango, Pablo Morillo le ha dedicado a ella la mayor parte de sus esfuerzos e, incluso, una porción de su patrimonio. Es el regalo que le quiere dar a Pasto y a los nariñenses.
 

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