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Historia de una tenacidad

La mirada en algo imposible

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    Pablo Morillo Cajiao en 2011

    Un viento helado arranca las hojas secas de los eucaliptos que bordean el río Pasto. Bajo los árboles, Pablo Morillo Cajiao camina lento, casi sin levantar los pies y con el cuerpo levemente inclinado hacia adelante. Tiene 83 años.

    Se detiene al llegar a una curva y respira hondo. La avenida luce desierta. La brisa fría de esta mañana de mayo de 2011 le echa algunos mechones sobre la frente.

    Camina lento, casi sin levantar los pies y con el cuerpo levemente inclinado hacia adelante. Tiene 82 años.

    “Ya me acordé. Es por allí”, señala hacia una calle lateral. En la mitad de la cuadra aparece un lote protegido por diez hileras de alambre de púas. “Aquí estaba la casita que le digo. La tumbaron en 1965 y a las pocas semanas construyeron una casa de ladrillo. Debe ser que volvieron a demoler. Ha pasado mucho tiempo”.

    Mucho tiempo. Cuarenta y seis años, para ser exactos. Pero Pablo Morillo Cajiao aún recuerda claramente la primera y la última vez que vio esa casona, poco antes de que fuera demolida. No pudo hacer nada para salvarla, pero ha dedicado toda su vida a que la historia no se repita con la casa más antigua de Pasto.

    Parado junto a la alambrada de púas, Pablo Morillo recuerda que un mediodía, mientras manejaba hacia donde su suegra, Catalina Moon de Morgan, notó que habían demolido la antigua casona.

    Luis Guerrero Moreno, 1990.

    Pasto vivía entonces un auge de construcciones modernas y de desprecio por las edificaciones de tapia pisada. En el centro de la ciudad, por ejemplo, habían demolido un caserón de dos pisos que ocupaba media manzana. En su lugar levantaron los edificios de la Beneficencia de Nariño y del Banco Cafetero.

    Eso, a pesar de que muchos aseguran que por uno de sus balcones se había asomado Antonio Nariño -capturado horas antes por las tropas realistas- para enfrentar a la muchedumbre admiradora del Rey que pedía su cabeza. “Pastusos, si queréis al general Nariño, aquí lo tenéis”, les gritó.

    La sorpresiva ausencia de la casona a orillas del río Pasto le causó un dolor punzante al médico, quien se desempeñaba entonces como Jefe del Servicio de Salud de Nariño. No era un dolor físico. Morillo Cajiao lo define como tristeza y frustración. Igual que la muerte de un ser querido.

    Capilla de Lourdes y casona, 1940.

    –Los pastusos no conservan nada. Acabaron con esa casa vieja que había a orillas del río Pasto –le dijo a su anfitriona durante el almuerzo.
    –Pablo, usted no conoce la casa más vieja de Pasto –respondió ella–. Queda cerca de su oficina, en el barrio San Felipe. Esa también la van a dejar caer si no hacemos algo para evitarlo. Si­ yo tuviera plata la compraría y la arreglaría para regalársela a Pasto, para que tuviera allí un museo.

    La casona en 1950

    Al regresar a su oficina notó que estaba inquieto por las palabras de Catalina Moon. Tanto, que al terminar su jornada de trabajo se internó en el barrio San Felipe. A una cuadra, junto a la capilla de Lourdes, se encontró de frente con la casa más vieja que había visto en su vida.

    Los vecinos la conocían como la casona de Taminango y decían que la habían construido durante la Colonia.

    Era una vivienda de dos pisos, de fachada blanca y teja de barro, desaseada y maloliente; prácticamente en ruinas, de paredes descascaradas y el techo a punto de venirse al suelo. A Pablo le pareció hermosa. “Como ya era casi de noche no me atreví a entrar. La miré por varios minutos y me fui pensando en lo que me había dicho doña Catalina”, recuerda.

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